“Restaurant Bella Época”: Cuando la gastronomía se nutre de un pasado glorioso

Cuando a veces escuchamos que todo tiempo pasado fue mejor, creemos que solo es una exageración del típico nostálgico que no es capaz de adaptarse a estos tiempos y que lo nuevo le asusta y la modernidad le trauma; bueno es saber entonces que esta vez el prejuicio es por parte nuestra y que visitar el Restaurant Bella Época nos hace cambiar radicalmente nuestra opinión.

En el kilómetro 23, carretera General San Martin justo en la esquina de Miraflores se puede encontrar este remanso que ostenta sabores y nostalgia tan necesarios que nos hacen renunciar de una a los nuevos estereotipos gastronómicos, a la mesa innovadora pero fría, a los cálculos vacíos y a la arrogancia de la cocina gourmet.  Estamos ahora en la Bella Época, en donde todo tiempo pasado fue mejor.

Don Pedro Salas es dueño de este magnífico restaurant y en una clase magistral nos enseña que los ingredientes de su cocina son fruto del conocimiento adquirido y la convicción del buen servicio y si le agregamos amor por añadidura, el resultado es exitoso. Cada plato que se produce desde el montaje, la presentación y el destino final (el cual es el comensal), esta indiscutiblemente bien elaborado.

En Bella Época se trabaja con buena materia prima, carnes Premium que se conocen por su aroma y sabor, lo mismo que los vegetales que se usan para las ensaladas y guarniciones, jugos naturales riquísimos para refrescar al viajero que decide entrar a este oasis de buena comida y que siempre vuelve, he ahí otro éxito de este restaurant; otro acierto de Don Pedro y todo su equipo es que es una empresa familiar que la conforman su esposa Priscilla, sus hijas y yerno; además en su personal tiene a Rodrigo Oses, Chef del restaurant y a Paulina Becar, repostera. 

Se dice que el sabor lo es todo y acá ese concepto se cumple con creces, y así queda demostrado en la degustación de platos a la que fuimos invitados. Como primer plato nos aventuramos en probar el sándwich chileno por excelencia, el Chacarero, carne blandísima, buen corte de Asiento, bien sazonado y jugoso, el poroto verde en su punto exacto y el tomate de huerta que Don Pedro sabe conseguir, pues se sabe que el tomate en buena tierra y regado con buena agua se diferencia del resto que tienen exceso de agua o peor, ausencia de pulpa; al fin podemos comer un buen Chacarero. Después de refrescarnos con un rico jugo de melón proseguimos con las clásicas proteínas, la Plateada y el Costillar; la primera blanda, sabrosa, obviamente cocida en esos caldos que el Chef Rodrigo Oses sabe cocinar, con sazón exacta y un sellado perfecto y acompañada con un puré al merquen de antología, cremoso, con un picante sobrio pero decidor, al puré se le agregó cebolla con un caramelizado notable, nada invasiva, pero ad-hoc a la proteína. El Costillar, sabroso; el adobo lo es todo en este tipo de carne, muchas veces se exagera en los condimentos, el ajo y el vinagre, pero acá el Chef apuesta por lo equilibrado, pero con buen sabor; el acompañamiento, un buen y rico arroz, de esos que solo las abuelitas saben preparar, buen sofrito y morrón dan sabor, es lo que la vieja escuela siempre considera.

Llegar a los postres es como llegar a los Himalaya, la guinda de la torta siempre es codiciada, por eso acá la repostería está a cargo de la esposa de Don Pedro, y junto a Paulina Becar, repostera, lideran la producción de estos manjares.  Sin duda el Flan de Café es la vedette de la dulzura, con sabor único, delicado pero consistente, el café bien mezclado y el caramelo del fondo del pocillo con la dulzura bien cuidada, ningún atisbo de amargura en el azúcar y con una densidad bien elaborada.  La leche asada compite también en estas encuestas de dulzura, probarla nos hace volver aquellos tiempos donde el postre era patrimonio de las abuelas y los nietos los herederos, por eso y por muchas razones más probar estas delicias nos vuelve niños, aunque sea por un rato; quién no desea probar una tartaleta de manzana con una masa suave y nueces crocantes, no sabe lo que se pierde.

El Bella Época ostenta una buena carta, su convicción se fundamenta en la cocina de antaño, la escuela cuyos profesores eran las abuelas, las nonas, es muy fácil encontrar en cualquier restaurant un lomo liso o un salmón a la plancha, pero de sabores a la antigua muy pocos pueden dar testimonio de ello, es por eso que en este lugar se encuentra la mesa versátil, la cocina buena, que la honran Don Pedro Salas junto a su esposa e hijas; una de ellas, Priscilla, la artista que nos deleita con sus pinturas que ornamentan con buen gusto el restaurant, que está decorado también con muebles antiguos cuidados como hueso santo al igual que las esculturas y un sinnúmero de suvenires que fueron traídos desde Estados Unidos y que ahora engalanan los rincones de este amable comedor; son tesoros invaluables que nos llevan a imaginar esos tiempos de nuestros abuelos. Como gerente comercial está a cargo Paulina, ella se encarga de las finanzas del restaurant y su logística, también trabaja en el servicio de comedor junto a su cuñado Forry, un Neozelandés que decidió quedarse en Chile Junto a su esposa Priscilla, la hija mayor de Don Pedro.

La Revista Wos estuvo en el Bella Época y con conocimiento de causa invita a todos de los que gustan de la buena mesa a visitar el lugar que no solo tiene buena comida, sino que además tiene muy buenos precios en todos los productos que ofrece, y créanlo, no tienen competencia porque acá se come bien y barato, por tanto, la suma de todos estos aciertos tiene un solo resultado, el Restaurant Bella Época es exquisitamente recomendable.

Wos!